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Fotografía, realismo otoñal

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Javier López

Estimado Carlos: Hoy quiero presentarte una visión diferente al realismo que vimos con las chimeneas.

Ya sabes que hay dos tipos de significados. El que llamamos denotativo o descriptivo y otro que

va ‘prendido’ en la imagen y que no vemos, el llamado connotativo.

Si piensas en un chalet, por ejemplo, sabes que estamos hablando de una casa sola, rodeada de jardín y normalmente cercada por una verja o seto que la separa del entorno. Pero junto a esta descripción de lo que se ve – denotativa-  también transmite la idea de que las personas que viven dentro, tienen una holgada situación económica. Eso no se ve,  eso es lo connotativo.

Con las fotos pasa lo mismo. Hay fotografías que sólo transmiten lo que vemos, pero hay otras con contrabando sentimental, llenas de evocadoras sugerencias que te transportan a otros mundos, a tus sueños, a tu universo onírico.

Cuando he rebuscado en mi archivo para mostrarte imágenes que reflejen esta idea, no he encontrado un arquetipo mejor, que las Fotos Otoñales.

 El otoño es esa época en que las hojas deciden suicidarse en masa, y las aves conscientes de la llegada de tiempos revueltos, emprenden prudente retirada.

Y a nosotros nos invade una dulce melancolía, etéreo puente entre la vorágine del verano y la parálisis invernal.  

 

 

El  alma se nos vuelve poetisa ante tanto estímulo, y hasta el jefe de personal más duro siente un temblor sensible ante el magno panorama de las agonizantes hojas cobrizas y ambarinas. 

Las fotos otoñales son muy sencillas y muy gratificantes. No es necesario equipo especial,  ni zoom, ni angulares,… ni siquiera paciencia, como con las mariposas.          

Lo único que se necesita es localizar un bosquecillo, estar atento al cambio de tonos, calzarse unos zapatos de trekking y pasear bajo el mágico dosel de la  madre naturaleza.

Las hojas de los árboles no se ponen todas del mismo color. Hay muchas variables.

Los tilos, álamos, chopos y similares  se ponen amarillos y se van deshojando rápido.  

La aristocrática familia de los arces viran al color rojizo.  

 

Los robles son más efímeros y finalizan en un marrón de pocos matices.

 

Las modestas viñas, las madres del vino, tornan al rojo dejando un panorama insólito.      

                                                                      

 

                                                                                                       Pero mis preferidas, sin duda, son las hayas. Derrochan tonalidades, acumulan matices, y conjugan  como pocas,  la recia figura de los potentes troncos con la tenue levedad de sus libreas.      

El bosque otoñal, convertido en cósmica pinacoteca, además tiene escondidos sabrosos premios                     

                                                        para los entusiastas que los visitan.

  Con un poco de suerte, además de fotos, puedes traerte del                                                                                                                                                                                                                                                 del bosque una buena ración de setas y hongos, pero si encima  sabes distinguir las buenas de las venenosas… ya

                                                      ni te cuento el placer.

El otoño es para todos, fuente de inspiración melancólica, igual que la primavera lo es de la actividad.

Así que aprovechando que estás distraído mirando las fotos, te voy a endosar un soneto que me ha inspirado esta estación luctuosa.

Espero que después de leerlo sigamos manteniendo las amistades, pues comienzo romántico y soñador como Gustavo Adolfo, pero termino más prosaico que Campoamor.

                   Otoño                                  

 

Las hayas y los robles de mis montes               

han cambiado del verde su color

se han pintado de amarillos y de ocres                           

anunciando el otoño con dolor

 

Las aves que tejían melodías

ocultas en el bosque y la maleza,                                   

al atenuar su luz
todos los días,

se aprestan al exilio con tristeza

 

Y en el jardín un viejo muy atento

barre hojas elegidas por la muerte                             

que a millares le envía un bosque entero

                                                                                    

Con su rostro curtido escupe al viento

y maldice al pensar la mala suerte                              

de ser en el otoño… jardinero.

 

Bueno Carlos, prometo corregirme.

Hasta la próxima recibe como siempre mi cariñoso saludo

Javier

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