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Reconducir las emociones por cauces ordenados e inteligentes:una reflexión de nuestro tiempo

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Escribe: Gabriel Mª Otalora

Vivimos en la cultura de la exacerbación sensorial mientras que la esencia de la realidad de las cosas está mucho más relacionada con poseer interiormente que con una forma externa o una imagen sensible. Los sentidos no pueden contestar qué es o para qué sirven las cosas por más sofisticadas técnicas que se empleen. A lo más, servirán para invitarnos a comprar emociones que, por cierto, es uno de los mejores negocios de la sociedad de consumo. 

Frente a esta realidad, parecía que la eclosión mediática de Goleman con sus libros de inteligencia emocional iba a tener repercusiones en la manera de entender la capacitación en el mundo educativo en general y en la empresa en particular. 

Pero no está ocurriendo nada relevante en esta dirección fuera de ejemplos puntuales,   todavía poco significativos. Pero la educación emocional se hace imprescindible si tomamos en consideración la virulencia de tantas tensiones y frustraciones que afloran en las aulas y en las empresas y cuya forma previa nace en el domicilio antes de solidificarse en tantos adultos sin la madurez afectiva necesaria. Y es algo que puede mejorarse siempre, a diferencia de la capacidad intelectual. 

Parece obvio que ser maduro y emocionalmente inteligente es la misma cosa. No hay más que ver como los sentimientos descontrolados pueden convertir en estúpida a la persona más inteligente. Veamos este estupendo ejemplo. 

Una joven esperaba el embarque de su vuelo en un gran aeropuerto. Como tenía una larga espera por delante, decidió comprarse un libro, y también se compró un paquete de galletas. Se sentó lo más cómodamente que pudo, y se puso a tranquilamente a leer, dispuesta a pasar un buen rato de descanso hasta la hora del embarque. 

Al lado de su asiento donde se encontraba el paquete de galletas, un hombre abrió una revista y se puso a leer. Al cabo de un rato, cuando ella cogió la primera galleta, el extraño también cogió una. Ella se sintió irritada por este comportamiento, pero no dijo nada, contentándose con pensar: ¡“qué cara más dura la de este hombre”! 

Cada vez que ella cogía una galleta, el hombre hacía lo mismo. Ella se iba enfadando cada vez más, pero no quería dar un espectáculo en un sitio tan concurrido del aeropuerto. Cuando solo quedaba una galleta, pensó: “a ver qué va  hacer ahora este imbécil”, esperando su momento para desquitarse. El hombre cogió la última galleta, la partió en dos y, con toda tranquilidad, le ofreció la mitad. 

Esto ya era demasiado… En un arranque de genio, la joven cogió su libro y sus cosas y salió disparada a la terminal de embarque. Cuando todavía furiosa se sentó en su asiento del avión, abrió su bolso y, con gran sorpresa, descubrió su paquete de galletas, intacto y sin abrir. ¡Se sintió muy mal! No comprendía como se había podido equivocar de semejante manera… Había olvidado que guardó su paquete de galletas en el bolso. El hombre había compartido con ella sus galletas sin ningún problema, sin rencor, sin explicaciones de ningún tipo, mientras ella se había enfadado y de qué manera, pensando que había tenido que compartir sus galletas con un tipo descarado y gorrón… y ahora no tenía ninguna posibilidad de explicarse ni de pedir disculpas. Al menos le quedaba la esperanza de que alguien tan extraordinario, que seguramente no volvería a cruzarse con él en la vida, no se le quitasen las ganas de desplegar su talante al recordar esta desgraciada experiencia. 

Hay cosas que no podemos recuperar una vez que nos hemos desprendido de ellas; sobre todo, una palabra después de haberla dicho, una ocasión perdida y el tiempo que ha pasado. Pero sí podemos aprender de los errores para no repetirlos. Si observamos correctamente esta escena del aeropuerto, esta mujer tuvo suerte al equivocarse de paquete de galletas; a pesar de que casi todos nos sentimos identificados con la experiencia que tuvo que pasar cuando se las prometía muy felices con su libro y sus galletas. Como nos dice la gran poetisa Cecilia Meireles, “Hay personas que nos hablan y ni las escuchamos. Otras nos hieren y no dejan ni cicatriz. Pero hay personas que simplemente aparecen en nuestra vida y nos marcan para siempre”. 

Ojo al tema, porque nos estamos deshumanizando demasiado rápido mientras perdemos, cada día, una oportunidad para reconducir las emociones por cauces ordenados e inteligentes. En casa y en el trabajo.

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