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Sierra de Candelario

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Luisma
Escribe: Samuel Aguirre

 
                                 Oh, mi dulce amor,
                                 toma este cuaderno
                                 que para ti escribí:
                                “Cuaderno para el Silencio”

 Al sur de Salamanca, en su parte más sureña y oriental, en el extremo, o rincón, donde choca y se detiene, o remansa, para no expandirse, o invadir, donde se besa, quiero decir ( y perdóneseme la cursilería), con Ávila y Cáceres, se alza, gracias a un acto de amor entre tierras que tuvo lugar en el paleozoico, la Sierra de Candelario, también llamada de Béjar o Solana…

   …Candelario es un universo muy elevado donde reina el silencio. Esto es la paz. Están de más aquí las conferencias, el diálogo, dos no se pelean si uno no quiere, y ni ella ni yo somos beligerantes. Si hemos descubierto un planeta deshabitado…¿para qué irnos a la guerra?. Dígase paz, desde ese cielo de nubes densas y oscuras y claras, dígase paz. Paz en este día para ella y para mí, Eva y Adán, no hay más seres en el Paraíso, se escondió la serpiente, la roca es ancha y está seca, da gusto pisarla. Al fondo, como si hubiera hecho un esfuerzo por encaramarse a lo más alto de su volcán, se divisa la nieve…Había nieve entonces, ahora no la hay, y es la falta de la lluvia blanca un factor que embellece aún más estos parajes: sin ningún manto que la cubra, Candelario se convierte en una atracción irresistible. Candelario es la Luna, Candelario es Marte, Candelario es cualquier planeta que el ser humano no habite. Lo nuestro es una visita. Abrimos la puerta: nadie nos viene a recibir; la cerramos: nadie nos despide. No equiparemos ya con vergel el Paraíso. Hay uno, este que pisamos, donde la piedra lo es todo. Todo en hermosura. ¿Y el silencio?…¿Qué me dicen de él? Ni el viento sopla, fíjense, el día ideal, la hora perfecta. Seguimos caminando…

Herida mi mano por el cable del que me serví (solo; ella había rehuido por el miedo a las alturas y precipicios) para salvar el “Paso del Diablo”, suspirar, pues un “suspiro –no más- hay desde el cable hasta la cima del Calvitero…

“Queda un suspiro”, es una manera de hablar. Una metáfora. Se intenta decir, en la  jerga del que escribe, que “queda muy poco”, un suspiro realmente no, pues un suspiro no va más allá de dos segundos. Sea como fuere, aquel suspiro, el tiempo que fuese, lo pasé solo, eso me temo, pues desde donde yo abrí en canal las “Agujas de Hoya Moros” hasta mi visión de ella en primer plano, dejando al fondo la “Laguna de Cuerpo de Hombre”, no habrá imagen, fotografía, todo será fruto de la invención más que de la imaginación, ambas mías, ¡Calvitero, Calvitero!, falso o real, es un barullo para el que diseñó la excursión en el libro, pero para mí todo es nítido porque todo lo recorrí. Si hubiera evitado cimas, como ella lo hizo, tendría dudas acerca de haber coronado o no el verdadero Calvitero. Pero pisando cada promontorio que a mi paso salía, el Calvitero cayó, no le quepa a nadie duda. Y calló, con dos eles también: no me habló, no me dijo nada, eso es lo único malo que tienen los montes, que son mudos, le pasan a Dios la papeleta de oradores, beneficiándose de los dos tan solo ella, que tiene línea directa con el Cielo, me debe de hablar a mí también el que, como dueño, habita los Cielos, pero yo no oigo, ni escucho: será que me vuelvo sordo en las alturas. Quedaba más camino hasta el final de la cuerda, El Torreón, el Canchal Pinajarro, pero me bastaba el Calvitero. ¿Será su nombre en memoria del Calvario?…¿Será porque su corona tapa la calvicie?…Ni hierba, ni barro, sabrá de estas cuestiones el que bautizó o estuvo presente en el bautizo. Pero lo que realmente importa es que de mi estancia en su cabeza no me viene sino el silencio, ese vacío de paz, ese querer detener el tiempo para que ella, que me espera, duerma también y no se haga largo su sueño. Qué decir ahora. Qué. Hablaré por mí, y dejaré que también otros hablen, porque, aunque me parezca imposible, otros estuvieron aquí antes que yo, otros que, de cerca, vieron Los dos Hermanitos, otros que, desde la privilegiada atalaya del pico Calvitero, descubrieron a lo lejos Tornavacas, la localidad más alta del valle del Jerte, Cáceres en el esplendor de su primavera, almendros en flor como algodonales o tierra nevada, y cerezas…¡qué ricas son las cerezas! Mas hoy el pueblo es apenas un lejano destello de casitas blancas. Si forzamos un poco la vista, o, si no, con unos buenos catalejos, por encima de las cumbres que enmarcan la garganta de San Martín, veremos despuntar, altivos, los picos del macizo central de Gredos. Ya lo dijo un día Miguel de Unamuno en sus Andanzas y Visiones: “Allá, a lo lejos, tras la enorme parva del Calvitero, asoman los dientes de la Sierra de Gredos, cual mordiendo el cielo”. Ella no lo sabe, aún no se lo he dicho, tal vez porque por entonces yo tampoco lo sabía. El caso es que, premeditado o no, al de dos días de erguirme ufano en lo más alto de la Sierra de Candelario, estaríamos ella y yo en el Paraíso de Gredos, en sus cinco lagunas; y al de tres, en el circo aquel famoso y en su no menos festejado pico Almanzor…

Después de cumplir con mi cometido, llegar, o asomarse, a los confines de la Tierra, vuelvo a ella y me la encuentro como delicado cisne, la cabeza vencida hacia su izquierda, la mano del mismo lado que se apiada de ella y la sostiene en la derrota, es pura alegoría lo que digo, nada ha perdido, ni siquiera ella se perdió, se quedó a tiro de piedra de mis ojos para que yo, sin dificultad, la encontrara. Y cuando la hallo, me pide cuentas, y yo cuento…Y repara en mis heridas. Si fuera perrita, me las lamería; si de la Cruz Roja una de sus niñas, me prestaría sus primeros auxilios. Pero siendo lo que es, mi guardiana, mi ángel, delicadamente me riñe, y no viendo en el daño gravedad, se deja ir, se recrea en mi cuerpo, que es espejo del Cuerpo de Hombre que detrás de ella tiene, valle sin hierba que ilumina el sol, las alturas son de piedra, de roca son también las laderas: ¿qué misterio encierra esta sierra que ni se echa en falta una flor?

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