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Los felices 70…la fiesta del árbol en Portugalete

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Escribe: Javier López

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Estimado Carlos: Aunque estos días estemos  abrumados por el peso de las informaciones que nos llegan sobre la endeble calidad moral de los sujetos que nos gobiernan, hoy me ha dado por reflexionar sobre el paso del tiempo.

La fotografía es un medio excepcional para constatar los cambios que ocasionan nuestros sucesivos giros planetarios, como pudimos comprobar en esta sección al ver documentada la disminución de los glaciares en el Pirineo central.

El tiempo no solo modela los glaciares, sino que nos va modelando a todos nosotros.

Parece que no cambiamos, que nada cambia con el discurrir de los otoños. Todas las mañanas, cuando nos peinamos frente al espejo, comprobamos que somos los mismos del día anterior. Pero no es verdad y la fotografía es uno de los medios para demostrarlo. Es cierto que los cambios diarios son imperceptibles y que únicamente cuando vemos fotografías de hace muchos años, nos damos cuenta del cambio que hemos ido experimentando ( y casi siempre a peor).

Los que disponemos de un archivo en el que hemos ido atesorando imágenes desde hace muchos años somos gente peligrosa, porque a veces sacamos a relucir instantáneas de otros tiempos que llegan a herir ciertas sensibilidades. A veces hay facetas que ya pasaron, que deseamos olvidar, y que los documentos gráficos, implacables, nos las recuerdan. Otras veces, las más, vemos con nostalgia los cambios operados y lo hacemos con cierto regusto de haber superado con éxito esa dura prueba de la supervivencia.

Y nos volvemos a sorprender de nuestra apariencia, de los vestidos, los tocados, el pelo que teníamos, o los kilos gloriosos que hemos ido acumulando.

Esa faceta que destapamos hace poco en esta sección comentando el valor histórico de la fotografía, tiene en lo cotidiano un destacado protagonismo.

Hay miles de cosas que vamos olvidando en el día a día y que la fotografía se encarga de recordar. Estos evocadores recuerdos que nos remiten a épocas ya superadas, como las «Pequeñas cosas» de la inolvidable canción de Serrat, nos acechan desde los viejos álbumes donde dormitan.

Pero tienen una segunda función, además de la evocación. Sirven para constatar que en la vida, todos nuestros actos, incluso los más pueriles, tienen una trascendencia que solo el paso de los años pone de manifiesto.

Verás Carlos, en la fotografía contigua se nos ve sonrientes en la fiesta del árbol, donde acabamos de plantar un modesto ciprés.

Era nada menos que el 10 de octubre de 1976.

Hace poco la descubrí en mi archivo y me pregunté qué habría sido de nuestra modesta contribución a la repoblación forestal.

No pienses que me acordaba muy bien de la zona de plantación, pero por el edificio que había detrás deduje el portugalujo rincón y una soleada mañana me fui de Sherlock Holmes.

Tras una corta indagación tuve la emoción de reencontrarme con él. La zona, que antes estaba en el extrarradio, se ha convertido ahora en un parque rodeado de urbanizaciones.

Nuestro esqueje es ya un ejemplar adulto que abanica el aire con sus ramas. No llama la atención por su porte mayestático precisamente, pero ante mis ojos tiene un valor especial. Si lo piensas es un ser vivo a quien ayudamos a desarrollarse. Por mi parte fue un hallazgo emotivo y conmovedor e incluso por un momento llegué a pensar que se alegró al verme.

Naturalmente la segunda parte es muy fácil de deducir. No sólo él ha cambiado, los padres de la criatura también lo han hecho. Servidor, treinta y seis años más tarde,  está ya en fase otoñal y la verdad, no soporta el viento del norte tan bien como entonces.

El encuentro con nuestro árbol me ha traído a la memoria otra de esas acciones insospechadas que tienen consecuencias. Lo que comentábamos, Carlos, al comienzo, sobre la trascendencia de nuestros actos, incluso de los más inocentes.

Te voy a contar que por aquellos mismos años, los setenta del pasado siglo, un día que te visitaba, pasadas ya las navidades, encontré a tu hijo Errapel que lloraba con gran tristeza.

Yo le pregunté la causa y el niño, entre hipos, me habló de su bello árbol de Navidad, que pasadas las fiestas se estaba muriendo. Se ve que le había tomado cariño y no podía soportar la pérdida de aquel amigo verde que regaba de agujas el parquet.

Le tranquilicé como pude y le dije que no se preocupara, que yo iba a replantarle y que el tiempo y mis cuidados lo harían revivir. Y así ha sido. Me lo llevé mientras   Errapel me despedía con la esperanza retratada en su mirada y hoy levanta sus más de quince metros en el borde de mi huerto sin saber que le debe la vida a la sensibilidad de un niño, que  posiblemente ya no recuerde nada de esta vieja historia.

Así discurre el tiempo. El hombre es un ser contingente al que los hechos de la vida le marcan y le
condicionan. Todo lo que hacemos tiene repercusiones, nos demos cuenta o no.

En este caso la fotografía, esa afición que compartimos, ha servido para demostrarlo.

Espero Carlos, haber removido la zona sepia de tu memoria y me despido, como siempre, enviándote el mejor de mis abrazos.

Tu viejo amigo

Javier

                                                                 

                                                                 

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