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Tu empresa desaparecerá si no es capaz de cambiar

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Javier Martinez AldanondoJavier Martínez Aldanondo es el autor de este artículo.

Gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria, director de Knoco Ltd y socio de Knowledge Works, empresas consultoras especializadas en aprendizaje y gestión del conocimiento.Consultor de la ONU y del Banco Mundial en el área de Gestión del Conocimiento, y del Banco
Interamericano de Desarrollo en el ámbito del Aprendizaje.
Profesor en diversos programas de Gestión del Conocimiento en la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad de Santiago. Profesor de los Masters de e-learning de la Universidad de Sevilla y de la Universidad de Salamanca.

Miembro del comité de arbitraje de la Revista Innovación Educativa de la Secretaría Académica del Instituto Politécnico Nacional de México.

Tendremos ocasión de verle y escucharle en #InsuranceChallenges19.

En este artículo reflexiona sobre el talento de las empresas. La capacidad de adaptación a los nuevos tiempos es fundamental para que tu empresa sobreviva y se adapte a los nuevos ritmo empresariales, donde nacen más empresas de las que los humanos somos capaces de absorver.

Últimamente, cada vez que hablo con directivos de organizaciones públicas y privadas, les formulo muy cortésmente 3 preguntas muy sencillas:

La primera ¿es importante que una persona aprenda?

Todos sin excepción me han respondido que SÍ. Al fin y al cabo, nuestra vida depende de la capacidad de aprender: Somos lo que hemos aprendido y seremos lo que aprendamos de aquí en adelante. Cuando tienes hijos es muy fácil ser consciente del impacto que tiene el aprendizaje en el futuro de una persona.

La segunda ¿es importante que las organizaciones aprendan?

Todos, sin importar el país, la industria o el tipo de organización me han contestado que SÍ y han añadido que es vital, imprescindible, cuestión de vida o muerte… Basta mirar lo que ha pasado con más de la mitad de las empresas del Fortune 500 que lideraban sus mercados hace una década y hoy ya no existen.

La tercera ¿cómo aprende tu organización, no los individuos sino la empresa?

De nuevo todos me han respondido unánimemente “NO LO SÉ”.

Cuando profundizo con interrogantes como ¿existen mecanismos específicos para asegurar el aprendizaje de tu compañía? ¿dónde se almacena ese aprendizaje para asegurar que se trata de un patrimonio corporativo? ¿tu organización tiene memoria? ¿sabéis qué riesgos estáis corriendo por el hecho de no gestionar ese aprendizaje? percibo un gesto mezcla de asombro e incomodidad así que opto por no continuar torturándolos.

Recuerdo una visita a El Corte Inglés a mediados de los años 70 para elegir mi regalo de cumpleaños: unas zapatillas Adidas modelo Jim largamente anheladas.

Por entonces, el número de marcas deportivas era muy reducido y la gama de modelos igualmente limitada. En la televisión se veía un solo canal y el UHF con horario mínimo, las familias cambiaban de coche cada 10 años y comer en un restaurante era un acontecimiento memorable por lo infrecuente.

40 años después, todavía usamos zapatillas y seguimos comprando coches (quién sabe hasta cuándo) que elegimos entre una oferta de miles de marcas y modelos, al igual que los restaurantes o los canales de TV.

“Aparecen (y desaparecen) productos, servicios, empresas, marcas, tecnologías… a un ritmo mayor que nuestra capacidad de absorberlos”

Es obvio que las cosas han cambiado: el consumo, la producción y el mercado se han multiplicado desproporcionadamente.

A estas alturas resulta entre ridículo y vergonzoso escribir sobre el cambio. Si cambiar no fuese inherente al ser humano, seguiríamos viviendo en las cavernas y vistiendo taparrabos.

Obviamente, la novedad es la velocidad a la que está ocurriendo este cambio, impulsado sobre todo por la digitalización.

Por ejemplo, el tiempo que tarda una nueva tecnología en alcanzar los 50 millones de usuarios se reduce a la mitad cada año.

Sin embargo, lo que no ha evolucionado es nuestra biología: tenemos los mismos 100 mil millones de neuronas en el cerebro e idénticas 24 horas en un día. Aparecen (y desaparecen) productos, servicios, empresas, marcas, tecnologías… a un ritmo mayor que nuestra capacidad de absorberlos.

Esta aceleración ejerce una presión abrumadora sobre las personas y las organizaciones: les obliga a cambiar con rapidez.

Y la única manera de adaptarse a ese cambio y no quedar obsoleto es aprender.

Cambiar es sinónimo de aprender y también de innovar. Cuando el mundo cambiaba despacio, aprender era casi invisible, bastaba con una mínima educación inicial.

Cuando el mundo cambia vertiginosamente, aprender se vuelve imprescindible y permanente. La habilidad más importante para sobrevivir en el sofisticado siglo XXI es la capacidad de aprender.

Si la velocidad del aprendizaje no es mayor o igual que la velocidad del cambio a nuestro alrededor, es que estamos muertos y aun no nos hemos dado cuenta.

«cuando aprender no forma parte de los procesos, resulta muy difícil mejorar y casi imposible dejar de hacer lo que siempre hicieron»

¿Cuál es el desafío para las empresas?

Todavía tenemos organizaciones 1.0 diseñadas para un mundo estable y predecible que cuentan con un formidable “músculo para producir” pero que carecen del “músculo de aprender”.

Y cuando aprender no forma parte de los procesos, resulta muy difícil mejorar y casi imposible dejar de hacer lo que siempre hicieron (la razón de su éxito), hacer cosas distintas y desaprender.

Como consecuencia, se produce una paradoja interesante: que los individuos aprendan no significa que la empresa aprende de forma automática.

Pero para que una empresa aprenda, tienen que aprender sus integrantes… ¿cómo se explica?

Las personas tenemos un órgano especialmente diseñado para gestionar el conocimiento y aprender llamado cerebro mientras las empresas carecen de cerebro. Y si una organización carece de un órgano para aprender, difícilmente puede exhibir comportamientos inteligentes.

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